Crítica
DIARIO
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PAMPLONA / CULTURA
III FESTIVAL Intenacional de Títeres
del Teatro Gayarre
Tocomocho imperial
Pedro Zabalza
Autor: Hans Christian Andersen
Compañía: Gus Marionetas
Dirección: Emmanuel Márquez
Interprétes: Susana Pellicer, Fernando
Arregui
Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 7/ 12 / 00
Público: alrededor de tres cuartos
de entrada
La compañía navarra Gus Marionetas
aporta el toque local al festival internacional de títeres
que acoge estos días el Gayarre. Llevan ya dos años
representando el clásico de Hans Christian Andersen
El traje nuevo del emperador con un notable y merecido reconocimiento.
La obra del cuentista danés constituye uno de los relatos
más maliciosos de la historia de la literatura infantil,
que no todo en ella es inocencia y príncipes azules.
En esta broma satírica contra el poder, hay una inversión
de los roles tradicionales de los cuentos. Aquí no
hay príncipes ni reyes paradigmas de bondad, sino que
el representante de la realeza que pinta Andersen resulta
más bien un déspota vanidoso. Y en cuanto a
los héroes del cotarro, nada de generosidad y candor.
Si les despojamos crudamente de la gracia y el ingenio que
les concede el autor, quedan como lo que en realidad son:
unos ávidos timadores, los precursores del tocomocho.
Los miembros de Gus marionetas alternan títeres de
varillas y de tipo bunraku durante la representación.
Los manejan con una gracia y una destreza extraordinarias,
ofreciendo en ocasiones insólitos puntos de vista desde
arriba, como si estuvieran siendo enfocados por una cámara
cenital, o haciéndolos avanzar hacia el espectador,
un intento por romper la bidimensionalidad que impone el espacio
rectangular en el que se desarrolla la acción.
Estos efectos, que parecen sugerir una conexión con
técnicas cinematográficas, tiene su momento
mejor conseguido en la serie de escenas encadenadas y separadas
por efectos de iluminación en lasque varios personajes
comentan los preparativos del desfile imperial. Un auténtico
montaje-secuencia según las reglas más ortodoxas
del cine.
Pero, por encima de estos esfuerzos por buscar una originalidad
en los modos de representación, lo que de verdad sirve
para ganarse al espectadores el trabajo narrativo por dar
interés a cada una de las escenas y hacerlo con un
conseguido sentido del humor.
A todo esto hay que añadir unos muñecos a los
que el calificativo que mejor les cuadra es el de simpáticos,
de modo que incluso el patético monarca parece menos
miserable y la pareja de embaucadores, más inocentes.
El conjunto lo completa una muy bien pensada escenografía,
en forma de un simbólico telar gigante, que acoge los
diversos espacios por los que se mueven las marionetas. Una
suma de factores que da por resultado un espectáculo
sobresaliente.
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